sábado, 24 de mayo de 2014

13. Bnei-Israel: el pueblo de Hashém - La entrega de la Torah

 
Bnei-Israel: el pueblo de Hashém
La entrega de la Toráh
Durante casi dos mil quinientos años, Hashém requirió del hombre el cumplimiento de sólo siete mitsvót. Pero aún estas siete eran transgredidas por los hombres, que desconocían a D's, y practicaban cultos idolátricos.
Siempre había entre los hombres, sabios sobresalientes con vocación de maestros, que deseaban enseñar a los demás cómo debe conducirse un hombre en el camino correcto. Mas ellos ignoraban cuál fuera el camino correcto. Los hombres no tenían Toráh, no contaban con la Enseñanza Verdadera.
Cuando Bnei-Israel estuvieron preparados y aptos para ser redimidos de su esclavitud en Egipto, comenzó Hashém a instruirlos acerca de cómo ser buenas personas, y como rendir culto a D's con pureza y sacralidad.
En el último mes de la estancia de Bnei-Israel en Egipto, les fue ordenado hacerse  unas pizarras especiales, llevar a cabo una ofrenda de Pésaj y todo el ritual de Pésaj, y recibieron otras mitsvót relacionadas tanto a la relación del hombre con el Creador como a la relación del hombre con su prójimo. En un lugar del desierto llamado Maráh les fueron dadas otras mitsvót. Pero todo ésto no fue sino preparación y prólogo para la Entrega de la Toráh en Sinai.
Antes aún de la Entrega de la Toráh en Sinai, fueron entregadas a Bnei-Israel las mitsvót de Hashém por intermedio de Moshéh. Y recién entonces se reveló D's ante todo el pueblo, y oyeron Su Voz y Su Palabra. El pueblo todo se estremeció, porque la voz de D's era sublime, imponente y poderosa, y también el aspecto de la montaña se veía terrible, porque la montaña se había convertido en parte del Mundo Superior, se había incorporado al Reino de los Cielos. Casi salió de sus cuerpos el alma de cada uno de Bnei-Israel por el terror que experimentaron, y pidieron a Moshéh que él aprendiera en lo sucesivo directamente de Hashém la Toráh y luego viniese a enseñarles a ellos, porque no podrían aprender directamente de Hashém.
Hashém aceptó su ruego. Moshéh subió hacia Hashém y estuvo con El hasta que aprendió toda la Toráh completa. Sobre dos grandes piedras escribió Hashém cuanto había escuchado el pueblo directamente de El al pie del Sinai. Estas piedras fueron colocadas en el Arca Sagrada que ordenó Hashém erigir en el sector del Mishkán que lleva el nombre de Kódesh HaKodashím (lo más Sagrado de lo Sagrado), y en el Arca Sagrada estuvieron siempre. Luego, enseñó Moshéh a Bnei-Israel cuanto Hashém le había enseñado e instruido transmitirles, y escribió en un libro, de acuerdo a la orden recibida de Hashém, una síntesis de toda la Toráh que había aprendido. El resto de la enseñanza le instruyó Hashém transmitirla al pueblo de forma oral, porque eran explicaciones y extensiones de la Toráh escrita y sería preferible que las supieran de memoria, para que se la pudiera explicar a cada uno de acuerdo a su propia capacidad, punto de vista y entendimiento (en todas las formas de sabiduría el hombre recibe título de experto si domina el conocimiento de que se trate sin necesidad de apoyarse en el texto escrito). Parte importante de la sabiduría la transmitió Moshéh sólo a hombres sabios especialmente preparados: partes de la sabiduría que la mente y el corazón de la gente común no se encuentra preparada para absorber. Esta parte de la sabiduría se llamó "Cabaláh", que significa "recepción", porque en ella el papel fundamental en la transmisión está en quien recibe y no en quien da, por cuanto todo depende de la propia preparación para comprender la profundidad y la trascendencia.

12. Mosheh Rabeinu


 
Moshéh Rabeinu
Ciento treinta años después de que descendieran a Egipto los hijos de Israel, nació Moshéh Rabeinu, Moshéh nuestro maestro, nuestro Rab. Sobre la grandeza de Moshéh y la magnitud de su virtud, dirá después Hashém en la Toráh: "Mi siervo Moshéh, en toda mi morada, es fiel", así como "Y el hombre Moshéh es muy humilde y más que cualquier otro hombre sobre la faz de la Tierra". Obtuvo esa grandeza merced a su especial cercanía con Hashém, y a las enseñanzas que recibía de El. Pero estaba en él, desde un principio y de su propia naturaleza, una profunda sabiduría; y ya cuando nació se llenó de intensa luz la casa de sus padres, porque acababa de llegar al hogar ese alma sagrada con vocación de bien y devota de Hashém. 
Moshéh nació en días muy difíciles para el Pueblo de Israel: justamente cuando Faraón acababa de decretar que todo hijo varón que naciera en las familias de Israel, debía ser arrojado al río Nilo. Su madre, Iojébed, sufrió muchísimo mientras hacía un gran esfuerzo por ocultarlo y salvarlo. Finalmente, lo depositó entre los juncos y cañaverales a la orilla del Nilo, con la esperanza que no allí no se oyera su voz y, por consiguiente, no fuera encontrado. Pero rápidamente lo halló, no la siniestra policía de Faraón, sino una hija de Faraón, de espíritu bondadoso, que llena de piedad lo rescató para salvarlo. Cuenta el Midrásh que Batia, tal su nombre, padecía de lepra cuando halló a Moshéh, y que merced a su acción piadosa, le envió Hashém instantáneamente la curación milagrosa. Y desde ese momento, creció Moshéh como un niño egipcio privilegiado, en el palacio de Faraón.
 
Pero Moshéh albergaba la conciencia de su identidad hebrea, sabía de su pertenencia al Pueblo de Israel, y sufría por la esclavitud y la miseria a que estaban sometidos sus hermanos. En secreto, aprendía con su padre y con los ancianos de su pueblo, e intentaba por todos los medios beneficiar a Israel. Incluso influenció en Faraón de modo tal de lograr que los hebreos tuvieran el Shabát por día de descanso de su sometimiento, y acudía a las casas de ellos a consolarles e insuflarles ánimo y esperanza.
 
Pero hubo un tropiezo, un punto de inflexión en el rol que desempeñaba Moshéh en Egipto. Quiso un día evitar que un guardia egipcio se ensañara sobre uno de los esclavos hebreos. Y sólo pudo salvarlo del tormento, dando muerte al egipcio. Ni bien hubo cometido ese acto de justicia, y enterado que fue rápidamente el Faraón, ordenó éste capturar a Moshéh para ejecutarlo en castigo por su acción. Moshéh se vio obligado a huir prestamente y salir de Egipto en dirección a otras tierras en las que verse a salvo; y llegó así a Midián, donde tomó a Tsiporah, hija del sacerdote midianita Itró, por esposa; y permaneció con ella allí, en casa de su suegro, por muchos años.
 
Al cabo de este tiempo regresó Moshéh a Egipto, finalmente. Hay quienes dicen que, en medio, fue rey en la tierra de Cush. Retornó a sus hermanos tal como Hashém le ordenó hacer, y realizó, siguiendo la guía de Hashém, maravillas y milagros a ojos de todo Egipto, en la tierra y en el mar. Una vez liberado el Pueblo de Israel de la esclavitud y muertos Faraón y su ejército, Moshéh fue designado por Hashém para conducir al Pueblo de Israel durante cuarenta años de tránsito por el desierto, y para hacerles entrega de la Toráh y enseñarles a cumplir con sus mitsvót.
 
No estableció Moshéh por iniciativa propia ni una sóla Ley, ninguna regla, ninguna norma. Todo lo que transmitió al Pueblo de Israel lo hizo en obediencia a las órdenes claras que recibió directamente de Hashém. Aún así, es llamada la Toráh con el nombre de Torát Moshéh, "la Toráh de Moshéh", porque deseó Hashém ensalzar y dar honor de este modo a Moshéh: su siervo leal y fiel maestro de su grey.

11. El pueblo de Israel en Mitsráim - Lo bueno y lo malo en la tierra de Mitsráim


 
El Pueblo de Israel en Mitsráim
Lo bueno y lo malo en la tierra de Mitsráim
Ia'acóv y sus hijos llegaron a Egipto ("Mitsráim", en hebreo, que significa "opresiones") en un momento en que la tierra de Cnáan luchaba contra la hambruna. Durante casi ciento diez años, estuvieron cómodos y fueron prósperos en Egipto. El egipcio era un pueblo sabio y rico, pero eran idólatras y cometían todo tipo de malas acciones. Los descendientes de Israel, que aún no habían recibido la Toráh, aprendían de ellos porque vivían juntos, y los hijos de ellos se educaban en las escuelas de los egipcios; escuelas en cuya institución los egipcios fueron pioneros del Mundo Antiguo.
Entonces Hashém produjo un vuelco en el sentir de los egipcios, que comenzaron a temer que los hijos de Israel terminaran por sobreponerse a ellos y apoderarse de su territorio: el pueblo de Israel era cada vez más numeroso, y a medida que se reproducía, se expandía territorialmente también. Y sumada a la sabiduría heredada de su familia, conocían también todo lo que los egipcios sabían, lo que a ojos de éstos los convertía en aún más peligrosos. De modo que decidieron los egipcios que era tiempo de desestimular por el crecimiento de los hebreos, y para lograrlo, les sometieron a una esclavitud feroz y despiadada, que fue sólo el inicio de una serie de acciones llevadas a cabo con saña: tal sucedió, por ejemplo, cuando por un decreto de Faraón, los recién nacidos entre los hebreos eran arrojados al río; y cuando las parejas de Israel  eran separadas de hecho, por vía de forzar a los hombres a pernoctar en el campo para extender más fácilmente su jornada laboral. Así estuvieron las cosas, desde que se acabó la época de bonanza, durante casi noventa años.
Los hebreos gritaron entonces suplicando a Hashém que los salvara, que los redimiera de esa horrible esclavitud, para poder rendirle culto como lo hicieran sus ancestros Abrahám, Itsják y Ia'acóv. Hashém atendió a sus ruegos y envió a Moshéh como emisario frente a Faraón, con la orden de terminar con el sometimiento, y librar a la voluntad de los hebreos su vocación de servir a Hashém y salir a rendirle culto. 
Faraón no se mostró dispuesto a liberar a sus esclavos, y en cambio, prefirió denigrar a los hebreos y a la fe de éstos en Hashém. La respuesta de Hashém fue progresiva y contundente, dándole oportunidad entre pena y pena de arrepentirse y desertar del camino del mal: diez terribles plagas abatió sobre Egipto y gran cantidad de castigos, para hacerles reconocer el Reinado de Hashém sobre toda la Creación; y para no dejarles más opción que liberar al pueblo de Israel de su yugo vil, y auspiciar la salida de Israel de Egipto, hacia donde Hashém les indicase realizar las acciones que requiriesen el culto y la devoción.
 
Los egipcios mantuvieron tercamente su negativa por largo tiempo, y ni bien se desvanecía el pavor que sucedía a cada plaga y castigo, nuevamente se endurecían sus corazones, y martirizaban aún más a Israel. Hasta que finalmente cejaron, y empujaron a Israel hacia fuera de su tierra.
 
Poco duró, aún así, su buena voluntad y su temor: se arrepintieron de haberlos liberado, y salieron entonces a dar captura a los hebreos. Los arrinconaron contra la costa del Mar Rojo, seguros de atraparlos y aniquilarlos. Pero ese fue el momento que escogió Hashém para revelar uno de los más imponentes milagros que produciría a lo largo de toda la existencia de Israel: separó en dos las aguas del Mar Rojo de modo tal que dos murallas verticales de agua demarcaban un sendero completamente seco, por el que el pueblo de Israel pasó hacia la otra margen del Mar. Incrédulos aún de que se tratase de un milagro al servicio de Israel, se lanzaron tras ellos por el sendero de tierra seca que atravesaba el mar; mas ni bien estuvieron todos ellos entre las murallas de agua se desplomaron éstas sobre ellos, ahogando a Faraón y todo su ejército sin excepción.
 
Quinientos años después del nacimiento de Abrahám y cuatrocientos años después de que naciera Itsják, estaba por fin el Pueblo de Israel atravesando el desierto, en camino de retorno a la tierra de Cná'an. Eran seiscientos mil los hombres, con quienes iban las mujeres, los niños y gran cantidad de conversos, provenientes tanto de Egipto como de otras naciones y pueblos que habían presenciado los milagros de Hashém, y habían reconocido que Hashém, el D's de Israel, es el único D's verdadero, y habían decidido entonces rendirle culto junto con Israel.

10. Las tribus de Israel


Las Tribus de Israel
Los doce hijos de Ia'acóv son conocidos por el apodo de "Las Tribus de Hashém", las tribus que pertenecen a Hashém, porque todos ellos eran hombres que consagraban sus acciones, y que estudiaban y aplicaban la sabiduría, y de ellos surgió el pueblo todo de Israel. Ellos, con todas sus familias, descendieron a Egipto para sumarse a su hermano Ioséf, que se había convertido allí en un hombre poderoso; y hasta él llegaron, huyendo de la hambruna que asolaba la tierra de Cnáan.
En su juventud, Ioséf y sus hermanos habían vivido una pelea muy dura que había separado sus destinos. Ioséf era un joven iluminado y sabio, y Iaakóv su padre le dedicaba atención especial y le daba mucha importancia. Sus hermanos, por el contrario, sentían que Ioséf tenía una exagerada fantasía y vanidosamente deseaba ser reverenciado, lo que avivaba los celos que les producía la evidente preferencia de su padre. De modo tal que llegaron a la conclusión que, así como IshmaEl había sido desterrado de la casa de Abrahám para que no corrompiera a Itsják, y así como Esáv había abandonado el hogar de su padre Itsják, también Ioséf debía ser enviado lejos de la casa de Ia'acóv. Una vez que hubieron tomado la decisión, lo entregaron a unos mercaderes ishmaElitas que iban rumbo a Egipto, a través de un acto simbólico de venta por una suma irrisoria, realizado para que los ishmaElitas lo consideraran esclavo de su propiedad. Así fue como Ioséf llegó a Egipto. A la postre, como sucede siempre con los hombres que rinden devoción al bien y a lo sagrado, los hermanos de Ioséf se descubrieron equivocados y se arrepintieron de su acción, y la familia se reunió en Egipto bajo excelentes condiciones gracias a la posición alcanzada por Ioséf durante su larga estancia allí.

Fechas importantes
Abrahám Abinu nació en el año 1948 (1812 antes de la Era Común);
Itsják Abinu nació en el año 2048 (1712 antes de la Era Común);
Ia'acóv Abinu nació en el año 2108 (1652 antes de la Era Común);
Ia'acóv y sus hijos descendieron a Egipto en el año 2238 (1522 antes de la Era Común)

Nótese que todas las cifras terminan en 8 para nuestra cuenta, y en 2 para la cuenta de la Era Común.

9. Ia'akov Avinu

Ia'acóv Abinu
Ia'acóv pasó muchos años aprendiendo Toráh de su padre Itsják así como en la academia de Shem y Ever. Se estudiaban allí las siete mitsvót que Hashém entregó a Nóaj, y sus detalles, y todo lo concerniente a la sabiduría relacionada con ellas; se aprendía cómo cumplir con las mitsvót y cómo criar y educar hombres justos y sabios; cómo rendir culto a Hashém y cómo alejar a los hombres de la idolatría y de las malas acciones.
Más tarde, se dirigió a la tierra de Arám en que residía la famila de su padre, donde trabajó la haciendo de Laván; al cabo de los años contrajo matrimonio con Leáh y más tarde con Rajél. También a ellas las llamamos "nuestras Madres", pues a través de ellas, apoyadas también en Bilháh y Zilpáh (que a pedido de Rajél y Leáh tomó Ia'acóv por esposas también, para que multiplicaran la descendencia de hombres justos), surgieron las doce tribus de Israel: Reubén, Shimón, Leví, Iehudáh, Isasjár, Zevulún, Dan, Naftalí, Gad, Ashér, Ioséf y Biniamín.
Ia'acóv pasó veinte años en la tierra de Arám, y desde el día de su llegada se dedicó a enseñar a la gente los caminos de vida correctos. Aún cuando no contamos con detalles acerca de su influencia, no cabe duda de que sus enseñanzas cundieron entre los pobladores de Arám, y a través de ello, incidieron en el desarrollo de la cultura Aramea. Debemos considerar que, aunque Abrahám Abinu y sus hijos hablaban hebreo, también dominaban el arameo, que se convirtió en una suerte de segunda lengua de Israel, hasta el punto en que todos los Jumashím (libros de Toráh) de nuestros días, incluyen su traducción al arameo realizada por Onkelus y por Ionatán ben-Uziel.En la última etapa de su vida, vivió Ia'acóv durante diecisiete años en Egipto. Al igual que su abuelo Abrahám, también él enseñó a muchas personas todo lo relacionado con el culto a Hashém, y cuanto se debe saber para cumplir con el propósito de ser buenos. Faraón, rey del país inmenso y próspero que era Egipto, solicitó de Iaakóv su bendición; y el pueblo entero lo veló y acompañó a su sepultura en la tierra de Cnáan, porque reconocían en él a un Hombre consagrado a Hashém.

8. Itsják Abinu


Itsják Abinu
Itsják era un hombre santo, que había consagrado su vida a D's desde el la niñez: tan es así que estuvo dispuesto a ser sacrificado a D's, cuando El ordenó a Abrahám ofrendarlo en señal de fidelidad y obediencia, en el monte Moriáh: un lugar que luego se convertiría en el Kódesh HaKodashím, el espacio más sagrado dentro de lo sagrado, en el centro del Beit Hamikdásh, el Templo de Jerusalem.
Pero D's sólo quería probar a Abrahám y de ningún modo requeriría la muerte de Itsják, quien salió inmensamente fortalecido de la experiencia, y elevado de espíritu por haber consentido constituir él mismo la ofrenda.
Abrahám tomó a Rivkáh, de entre su propia familia en Arám, por esposa para su hijo; evitó así que se uniera a alguna de las hijas de la tierra en que vivían, donde la gente en general no solía tener las mejores cualidades. Rivkáh era desde su niñez una persona buena, y a su llegada al hogar de Abrahám e Itsják aprendió Toráh y alcanzó en cualidades y sabiduría a Saráh Imeinu, su suegra, gracias a lo cual mereció ser considerada también una de las matriarcas de nuestro pueblo, con el nombre de Rivkáh Imeinu.
Itsják y Rivkáh tuvieron dos hijos mellizos. Mientras fueron pequeños, alentó Itsják la esperanza de que ambos serían tsadikím y devotos de lo sagrado. Mas cuando arribaron a la adultez, fue claro que los malos instintos de Esáv eran muy poderosos, y lo guiaban hacia la comisión de malas acciones. Aún así no quiso Itsják perder las esperanzas a su respecto, y mantuvo la expectativa de que, con el paso del tiempo, se uniría a Iaakóv y juntos originarían un único pueblo que rendiría culto a Hashém y seguiría el camino de la Toráh. Pero no sucedió así: Esáv abandonó a su padre Itsják y emigró a la tierra de Seír, donde se relacionó con quienes la habitaban, y de ellos en conjunto salió más tarde el pueblo de Edóm.

7. Avraham, Itsják, Ia'akóv y sus hijos - 500 años de historia - Avraham Avinu (nuestro padre)


 
Abrahám, Itsják, Ia'acóv y sus hijos
500 años de historia
Abrahám Abinu (nuestro Padre)
Llegó la décima generación después de Nóaj, y a un hombre llamado Téraj, que rendía culto a los ídolos, le nació un hijo al que llamó Abrám. Y D's puso en Abrám una gran inteligencia, y un corazón capaz de sentir más que ningún otro; por lo que ya a los tres años de edad, había comprendido que Hashém está en los Cielos, y que no lo podemos ver, y que es atento a cuanto sucede en el mundo, y que todo sucede por su palabra.
A los cuarenta y ocho años, Abrahám era muy fuerte en su fe; creía firmemente en Hashém y enseñaba acerca de El a los hombres, instruyéndoles las mitsvót que muy pocos conocían. Se esmeraba especialmente en dar ejemplo de bondad, de piedad, para contagiar y expandir por doquier el camino del bien. En una oportunidad que signaría para siempre su vida, Abrám destruyó los ídolos que reinaban en casa de su padre Téraj. Enterado de la hazaña, el rey Nimród quiso castigar su coraje y lo condenó a ser quemado. Pero Hashém le salvó de la sentencia, y salió entonces Abrám con su padre de Ur en Caldea, donde había nacido, y se dirigieron juntos a Jarán.

Allí se reveló Hashém a Abrám, y le ordenó salir de Jarán para enseñar a los hombres, en todo el mundo, sobre El y sobre el cuidado de las mitsvót. Le prometió que de su descendencia nacería un pueblo que reconocería al verdadero D's, el mismo pueblo que luego fue llamado "judío" o "hebreo": nuestro pueblo. Abrám fue el primer  hebreo.
 
Llegó Abrám a la tierra de Cnáan; le presentó Hashém a Cnáan como la tierra sagrada que habrían de heredar sus descendientes, cuando aprendieran a rendir culto a Hashém y a temerle. Y le mostró los caminos que habría de recorrer su descendencia antes de merecer su tierra y una vida de paz. Dispuso que Abrám se llamara, en lo sucesivo, Abrahám, que en hebreo alude a que sería como un padre no sólo para su propia descendencia sino también para los otros pueblos, que aprenderían de él a rendir culto a Hashém y a ser buenas personas. Por ello, cuando alguien se convierte al Judaísmo, se acostumbra llamarle "ben-Abrahám", hijo de Abrahám, porque pasa a ser como otro hijo de Abrahám aún si biológicamente no es su descendiente.
Durante toda su vida anduvo Abrahám de uno a otro sitio, y junto a su esposa Saráh enseñó a los hombres a cumplir las siete mitsvót, a rendir culto a Hashém, a orarle, y a ser buenos los unos con los otros. Muchos aprendieron de él, e iniciaron a muchos más en la sabiduría. Aún cuando no todos permanecieron discípulos fieles a las enseñanzas de Abrahám, cada uno portaba algo de ellas consigo, y en mayor o menor medida, a todos llegó de algún modo el ejemplo de Abrahám.
D's cerró un pacto con Abrahám, según el cual sus descendientes serían los elegidos de D's, y tendrían la importante misión de enseñar al resto de los pueblos a rendir culto a D's. Pero antes de ello, pasarían cuatrocientos años muy duros, de preparativos para ser el pueblo de Hashém, y pasarían por experiencias difíciles y aún amargas, para aprender a ser fuertes y fieles a Hashém. 
Cuando tenía Abrahám cien años, tuvo un hijo de su esposa Saráh, que de noventa años, daba a luz por primera vez. A través de un milagro, Hashém hizo que tuvieran un hijo a tan avanzada edad, para que llegara al mundo Itsják: sobre él recaería continuar el camino de su padre Abrahám, y enseñar a los hombres con el ejemplo del culto a D's. Con sus otras esposas también tuvo hijos Abrahám; mas estos hijos, si bien aprendieron de él, no se le parecieron. Abrahám los envió a distintos países, en los que enseñaron pequeñas partes de la Toráh de su padre. El pueblo más grande de entre los hijos de Abrahám nació de Ishmaél hijo de Hagár, y son los árabes de nuestros días. Los demás se mezclaron entre los pueblos, y no son identificables en la actualidad.
 
Abrahám es llamado "Abinu" (nuestro padre), su esposa Saráh "Imeinu" (nuestra madre); estos nombres hacen honor a su carácter de los primeros hebreos, de los inauguradores de nuestro pueblo
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