sábado, 24 de mayo de 2014

30. Tola y Iaír

Tola y Iaír
Abimélej murió unos trescientos años después de que Bnei-Israel comenzaran la conquista de su tierra. Y siguieron a él otros dos Jueces, los últimos en esta etapa de la historia de nuestro pueblo: Tola ben-Puáh y Iaír el Guiladí (de la región de Guil'ád).
En tiempos de estos Jueces, Bnei-Israel no se comportaron de modo tan contrario a lo esperado de ellos por Hashém. Mas tampoco se esmeraron en su consagración ni se dedicaron especialmente a practicar el bien, y no se consustanciaron en el estudio de la Toráh como ésta misma exige, puesto que sin estudio y meditación no puede crecer el hebreo en el camino de D's.
El Pueblo de Israel era ahora mucho más numeroso que cuando llegara a su tierra.  Pero no estaban a la altura espiritual requerida para ser un pueblo sagrado de Hashém poblando la tierra que todo lo provee. La época de Guideón, Abimélej, Tolá y Iaír duró en total ochenta y ocho años (30 + 3 + 23 + 22), y a todo su largo, no llegó a revelarse en Israel un hombre capaz de ejercer el reinado. La desazón y la duda comenzaban a ganar el espíritu de la gente, que sentía que D's les había abandonado. En la Toráh se les había prometido que serían un gran pueblo, de importancia trascendente para el destino del mundo, y por ahora, apenas si eran un pueblo de camino y destino inciertos, rodeados de enemigos dispuestos a atacarlos a cada instante.
A la muerte de Iaír, el pecado se expandía en el seno del Pueblo de Israel, y cada vez más personas abandonaban en los hechos el camino de la Toráh, de la que poco sabían merced a su falta de estudio. La situación se degradó progresivamente, hasta hacerse más grave que nunca en los trescientos años que llevaban en la tierra. Se recibe lo que se convoca, y no había modo de que la transgresión del Orden que los aferraba a lo sagrado pudiera traerles paz. De modo que Hashém reveló y demostró su enojo otra vez, enviando ahora contra ellos enemigos más feroces que nunca antes. Los Aramitas, Moabitas, Cnaanitas y Midianitas, que les habían atacado antes, no se atrevieron a intentarlo nuevamente, atemorizados por su recuerdo de las magníficas derrotas pasadas, cuando Hashém saliera a cada batalla a la cabeza de su pueblo. No obstante, restaban otros deseosos de intentarlo: los Amonitas, que residían entre Moáb y el territorio de las tribus de Reubén, Gad y la mitad de Menashéh (que ocupaban tierras en la margen oriental del río Iardén), tomaron la iniciativa, y durante dieciocho años llenaron de penuria, de angustia y de dolor las vidas del Pueblo de Israel. Más tarde, se unieron a ellos también los Filisteos, que provenían de Occidente.
Una vez más se dispusieron Bnei-Israel a repetir el ciclo que ya conocían: volverían del mal sobre sus pasos, abrazarían la Toráh con la mente y con sus vidas, y pidiendo de Hashém la salvación, la salvación llegaría. Comenzaron a corregir sus caminos, a cuidar los preceptos de la Toráh, y gritaron a Hashém por ayuda. Mas esta vez rehusó el Creador auxiliarles: no se salvaría por vía de milagros un pueblo incapaz de seguir por sí mismo el camino del bien, que deserta del mismo inmediatamente cada vez que carece de una mano fuerte que lo guíe. Trescientos años se había reeditado el mismo ciclo una y otra vez, y ya no sería aceptable reeditarlo más.

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