sábado, 24 de mayo de 2014

21. La interrupción de la guerra


La interrupción de la guerra
Se interrumpió la guerra entonces. No porque la tierra hubiera sido ya completamente conquistada, sino por la necesidad de Israel de llevar sus vidas a un régimen de normalidad. Ciento cincuenta años habían pasado: noventa de ellos, haciendo el pesado trabajo de confeccionar los ladrillos y edificar y tomar sobre sí los trabajos del campo a que los forzaban los egipcios; cuarenta años más en el desierto, y los siete últimos, en las guerras de la conquista.
Siete años más dedicó el Pueblo de Israel a distribuir la tierra, mediante un régimen de sorteo entre las tribus, tal como les instruyó Hashém. Cada tribu recibió un sector de la tierra en heredad. No obstante, no llegaban al número suficiente como para poblar el país entero, y dejaron por ello a numerosos pueblos viviendo en distintas zonas del país.
La interrupción de las guerras no contradecía la voluntad de Hashém. Bnei-Israel habían sido autorizados a dedicar un tiempo para ordenar su nueva vida y distribuir la tierra para su trabajo, de modo que no comenzaran a proliferar las fieras y la vida salvaje en su tierra. Pero Bnei-Israel estaban cansados de la guerra y no se mostraron dispuestos a renovar y completar la conquista una vez cumplidos los objetivos de su interrupción. Cuando por fin emprendieron nuevamente la campaña de conquista, faltó en ellos el fervor de los primeros tiempos, y no abocaron ya el mismo esfuerzo por librar la tierra de los pueblos idólatras que la contaminaban de pecado. Y finalmente, aún sin completar la tarea, se abocaron a los asuntos de su vida en la tierra y abandonaron la conquista por completo.
Anunció entonces Hashém a Bnei-Israel que la etapa en que la conquista había sido fácil y por vía milagrosa, y así se habría podido completar, había culminado. Que ya no podría Israel expulsar de su tierra a los pueblos vecinos a los que había permitido permanecer en ella. Israel ya se había adaptado a la convivencia con sus vecinos y recibía de ellos permanentemente influencias negativas; y el permiso de hacerse con la tierra completa había tenido por condición, desde su inicio, la santidad y la consagración de tierra y vida al culto de Hashém y el cumplimiento de la Toráh. Desde el momento en que Israel no se demostraba capaz de ponerse a la altura que Hashém le reclamaba, desde el momento en que Israel no era celoso de la sacralidad de su vida y de su tierra, habría de pasar una prueba más dura todavía: convivir con los otros pueblos en su propia tierra, y aún así, evitar su influencia, evitar la adopción de las costumbres y los vicios y las creencias con que esos pueblos lo querrían contaminar.
Y la advertencia era clara: si Bnei-Israel no cumplían en lo sucesivo con esta condición, serían duramente castigados; puesto que para la consagración y la vida regida por la Toráh les había sido entregada su tierra en heredad.

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