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El duro trabajo de las primeras generaciones
En esos días, trabajaban los hombres mucho más que en la actualidad. No tenían un día de descanso como el Shabát, que aprendieron los pueblos a cuidar recién mucho después de que se difundiera la Toráh entre ellos. Trabajaban en general desde el amanecer hasta la puesta del sol. Pero no sufrían de cansancio porque dormían abundantemente, durante todas las horas que se prolongaba la oscuridad, cuando no podían trabajar. Durante las guerras que llevó a cabo, Nimród enseñó a sus hombres a convertir en esclavos a los enemigos cautivos, que eran sometidos a las más pesadas labores. Valiéndose de estos medios, edificó Nimród enormes ciudades: si bien mucha gente vivía en chozas y aún en cuevas a flor de tierra, los había ya que habitaban palacios y casas de decoración exquisita. Quienes poseían esclavos estaban exentos del trabajo, de modo que se constituyeron en un sector de la sociedad dedicado a aprender distintas formas de la sabiduría, a refinar su inteligencia, alrededor de los hombres importantes y sabios que cada generación proveía. Algunas veces, entre los propios esclavos había maestros, y los señores ordenaban al resto de los esclavos aprender con ellos Toráh. Agradó a D's que hubiera hombres sabios que desearan expandir la sabiduría, y les concedió una naturaleza inteligente y hábil, capaz de desarrollar inventos y transmitir conocimiento.
Era difícil escribir en aquellos tiempos, puesto que no existían el papel ni las actuales herramientas de escritura. Muchos hombres documentaban, tanto lecciones de sabiduría como contratos comerciales, trazando su escritura sobre piedras y pizarras de orígenes diversos.
Donde no había sabios, y donde aquéllos descuidaban la educación de sus hijos, los hombres se corrompían con facilidad; mas en muchos lugares, la vida se parecía a la de la actualidad: los hombres vestían prendas limpias y adornadas, frotaban sus cuerpos con aceites aromáticos, fabricaban joyas y herramientas especializadas, plantaban jardines de esmerado diseño, adoquinaban sus calles y continuamente creaban y progresaban; sus calles estaban llenas de animales de monta como camellos, burros y caballos, y no faltaban de ellas los carruajes en toda una variedad de formas y tamaños.
Los peores y más peligrosos, eran los sacerdotes encargados del culto a los ídolos. En su esmerado ejercicio del mal, crearon ritos temerarios que llegaban a incluir sacrificios humanos. Esos ritos tenían un poder enorme, que atrapaba a quienes no estaban suficientemente resguardados. Mientras estos cultos existieran, no habría esperanza de que la humanidad se mantuviera en el sendero del bien.
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