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El siglo culminante de la época de los Jueces
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Iftáj
Cundió el pánico en el seno del pueblo de Israel: ¿Cómo podía ser que Hashém ya no quisiera salvarles? Ellos sabían que las puertas del arrepentimiento y el retorno nunca se cierran; acaso, esta vez, deberían pasar por ellas con mayor conciencia y compromiso que aquéllos a los que se habían habituado. El Pueblo de Israel, habituado a disponer siempre de un milagro que le salvase en el momento justo, se sintió desolado de pronto, y en busca de una redención que hiciera colapsar el pavor del abandono, se abocaron a recuperar el sentido espiritual de su existencia, desde la buena acción, el estudio y la plegaria. Desde el fondo de sus corazones lloraron a Hashém y suplicaron: Sálvanos por misericordia esta vez, y desde ahora mismo seremos mejores.
Como en un guiño al Creador que siempre les había acompañado, comenzaron ya a prepararse para la guerra. En la comandancia del ejército pusieron a un valiente estratega de nombre Iftáj, carente de la grandeza de sus antecesores mas hábil y con hábito de bien, al que prometieron la jefatura del pueblo todo una vez obtenida la victoria.
Hashém atendió a la súplica y la acción de Israel, y puso la victoria en las manos de Iftáj. Mas no fue como antes solía, una victoria espectacular y contundente, sino apenas el principio del camino: una demostración de que las puertas del Firmamento permanecerían abiertas a la buena acción y la oración, pero que éstas deberían demostrarse permanentes para que la verdadera victoria, permanente y completa, se hiciera patente para el Pueblo de Israel. No salieron de sobre ellos los Filisteos entonces, e incluso los propios Amonitas volvieron al cabo de un tiempo a intentar otra vez la dominación de Israel.
Iftáj era temeroso de D's y de sus preceptos, hombre de bien, valiente y lleno de coraje. Mas no profundizaba el estudio de la Toráh y, por ello, no podía saber cómo obrar de modo perfecto en armonía con la voluntad de D's y con los destinos de su Creación. De modo tal que su vida personal se hizo con el tiempo desgraciada, y murió envuelto en desazón y amargura, dejando incompleta la labor. |
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