sábado, 24 de mayo de 2014

36. ShmuEl el Profeta

ShmuEl el Profeta
En esos tiempos había nacido ShmuEl, y de acuerdo a la orden que recibiera su madre directamente de Hashém cuando le anunció su embarazo, fue criado al lado de Elí, en el Santuario de Shiló. El pueblo atendía a las palabras de ShmuEl y le obedecía, y aún más desde que en guerra contra los Filisteos, capturaron éstos el Arca de la Alianza con las Lujót HaBrít y se la llevaron con ellos. 
El rapto fue una maldición para los Filisteos: el más sagrado de los objetos no podía ser manipulado de cualquier modo; y cada ciudad a la que llevaban consigo el Arca, era invadida inmediatamente por una peste espantosa. Devolvieron los Filisteos el Arca a Israel presos de profundo temor, y guiados por ShmuEl, se entregaron Bnei-Israel a crecer y hacerse fuertes en el estudio y el cumplimiento de la Toráh, en el Trabajo Sagrado y en el buen actuar. Nunca antes, desde los tiempos de Moshéh y Iehoshúa, habían vivido Bnei-Israel en una elevación como la de estos días, en que también lucharon y triunfaron contra los Filisteos y los expulsaron de su tierra.
 
Era el momento propicio para merecer el cumplimiento de las profecías y las promesas de un Rey sobre Israel; y el pueblo lo reclamó. Había ya en el pueblo numerosos hombres que aparecían a la altura del desafío: hombres de grandeza, devotos de Hashém, valientes, conocedores de la Toráh. Algunos de ellos eran conocidos por el pueblo y otros ocultos aún a la vista de todos por causa de su humildad, como Shaúl y David. También Avner, Ioáv y sus hermanos, que se hicieron conocer recién mucho después, vivían ya y crecían en Toráh, en sabiduría y buena acción. El pueblo estaba seguro de que alguno de ellos podría ser coronado para reinar sobre Israel, y legar el reinado a su descendencia tras él.
 
ShmuEl, no obstante, no veía las cosas del mismo modo. Elegir un Rey era muy complejo y arriesgado, puesto que luego la suerte de Israel dependería de que su Rey se comportara con justicia ante D's y de acuerdo a la Toráh, y de que sus hijos, tras él, hicieran lo mismo. ShmuEl consideró que era muy apresurado coronar un Rey, y que el pueblo debería continuar en su senda de crecimiento y consagración y avanzar en ella aún más, antes de poner sobre sí un Rey.
 
Mas el pueblo continuó con su reclamo. Los casi cuatrocientos años pasados bajo el mando de los Jueces les habían enseñado que se requería un dirigente poderoso, hombre de D's capaz de conducir a su pueblo en la guerra y en la paz y administrar la justicia, y que pudiera encargar a sus hijos tras él la continuación de la labor, para que el Pueblo no desertara una y otra vez del camino de la Toráh al sentirse desamparado.
 
Acudió ShmuEl a la guía de Hashém, que le indicó prestar oídos a la exigencia del pueblo, y coronar a Shaúl ben-Kish, de la tribu de Biniamín, desconocido públicamente gracias a su humildad, hombre de bien consagrado a la Toráh y el buen actuar, como Rey sobre Israel.
 
Y escribió entonces ShmuEl el libro de los Jueces, y parte del libro ShmuEl, llamado así en su propio nombre.
Desde Iftáj hasta la coronación de Shaúl
Años
Iftáj
6 años
Ivtsán
7 años
Eilón
10 años
Avdón
8 años
Shimshón
20 años
Elí
40 años
ShmuEl
11 años
Total:
102 años

35. Elí Cohen Gadól (Sumo Sacerdote)

Elí el Cohén Gadól
Elí el Cohén era primo de Shimshón. Era un hombre consagrado al servicio de Hashém, de gran dedicación, y depositario de todo el conocimiento de la Toráh Oral: aquélla que Moshéh no había escrito sino transmitido a Iehoshúa, y éste a los Ancianos del pueblo, y así, de generación en generación, se transmitía de maestros a discípulos para seguir enseñándose y aplicándose para todo el Pueblo de Israel.
Aún en vida de Shimshón, Elí fue elegido Juez Supremo, y tuvo por sede el Santuario de Shiló, donde se encontraba el Arca con las dos Lujót HaBrít (las Tablas del Pacto). Mas allí mismo se produciría la próxima caída, porque sus hijos desertaron del camino del bien, administraron con mezquindad y sin grandeza los servicios del Templo, y volvieron los Filisteos a la carga entonces, enviados por Hashém para que fuera purgado el mal de Israel.

34. Shimshón (Sansón)


Shimshón (Sansón)
Shimshón, conocido habitualmente como “el Poderoso”, era un hombre sagrado y consagrado desde su nacimiento al servicio de D's; y eligió luchar solo, sin más auxilio que el que el Creador le proveyese, contra los Filisteos. De tal modo, evitaba que éstos tomaran represalias contra todo el Pueblo de Israel por cada una de las acciones que él, por sí mismo, cometía. A través de numerosas artimañas, daba la imagen de no ser leal a Israel, de luchar por su propia gloria; y hasta su propio pueblo por momentos lo creía. Y Hashém, a la vista de que la nobleza de esta acción beneficiaba a Israel, ponía el éxito en sus manos. 
Los Filisteos, por su parte, podían creer que Shimshón no luchaba contra ellos en nombre de Israel sino por su propio honor y su gloria, mas no ignoraban que era hebreo de la tribu de Dan, y temían que el pueblo todo, a la vista de la valentía y el vigor de Shimshón, se pusiera bajo sus órdenes para salir a la guerra. De modo que aliviaron a Israel de la dureza con que le oprimían. Y Bnei-Israel se dedicaron en esos días a aprender y practicar la Toráh y a amoldar sus vidas al cumplimiento de las mitsvót, bajo la dirección espiritual de Eli, el Cohén Gadól (Sumo Sacerdote) que se encontraba en Shiló; y que oficiaría más tarde de Juez Supremo sobre Israel.

33. Ivtsán, Eilón y Avdón


Ivtsán, Eilón y Avdón
Se esforzaba el pueblo en el Trabajo Sagrado, en la labor de ser lo que de ellos esperaba el Creador. Aún así, durante los años en que Ivtsán, Eilón y Avdón ejercieron sucesivamente como Jueces de Israel, hubo desertores del camino del bien en el seno de Israel; aún escasos, impidieron que el mal desapareciera de su tierra. 
Y Hashém, a la vista de que el Pueblo de Israel crecía en el camino del bien y la verdad, decidió enviar a ellos un nuevo salvador, alguien que, si bien no pudiera producir aún una salvación irreversible (que requeriría el compromiso profundo y vital del pueblo todo), quitara de sobre ellos el yugo maldito de los Filisteos, y pusiera coto a las afrentas que éstos infligían a Israel.

32. El siglo culminante de la época de los Jueces - Iftáj


 
El siglo culminante de la época de los Jueces
Iftáj
Cundió el pánico en el seno del pueblo de Israel: ¿Cómo podía ser que Hashém ya no quisiera salvarles? Ellos sabían que las puertas del arrepentimiento y el retorno nunca se cierran; acaso, esta vez, deberían pasar por ellas con mayor conciencia y compromiso que aquéllos a los que se habían habituado. El Pueblo de Israel, habituado a disponer siempre de un milagro que le salvase en el momento justo, se sintió desolado de pronto, y en busca de una redención que hiciera colapsar el pavor del abandono, se abocaron a recuperar el sentido espiritual de su existencia, desde la buena acción, el estudio y la plegaria. Desde el fondo de sus corazones lloraron a Hashém y suplicaron: “Sálvanos por misericordia esta vez, y desde ahora mismo seremos mejores”.
Como en un guiño al Creador que siempre les había acompañado, comenzaron ya a prepararse para la guerra. En la comandancia del ejército pusieron a un valiente estratega de nombre Iftáj, carente de la grandeza de sus antecesores mas hábil y con hábito de bien, al que prometieron la jefatura del pueblo todo una vez obtenida la victoria.
Hashém atendió a la súplica y la acción de Israel, y puso la victoria en las manos de Iftáj. Mas no fue como antes solía, una victoria espectacular y contundente, sino apenas el principio del camino: una demostración de que las puertas del Firmamento permanecerían abiertas a la buena acción y la oración, pero que éstas deberían demostrarse permanentes para que la verdadera victoria, permanente y completa, se hiciera patente para el Pueblo de Israel. No salieron de sobre ellos los Filisteos entonces, e incluso los propios Amonitas volvieron al cabo de un tiempo a intentar otra vez la dominación de Israel.
Iftáj era temeroso de D's y de sus preceptos, hombre de bien, valiente y lleno de coraje. Mas no profundizaba el estudio de la Toráh y, por ello, no podía saber cómo obrar de modo perfecto en armonía con la voluntad de D's y con los destinos de su Creación. De modo tal que su vida personal se hizo con el tiempo desgraciada, y murió envuelto en desazón y amargura, dejando incompleta la labor.

31. Los Jueces de Israel durante los pirmeros 300 años en su tierra

1
 
Los Jueces de Israel durante los primeros 300 años en su tierra
Los Jueces que encabezaron Israel
Años de su ejercicio
Iehoshúa a la cabeza del pueblo
28 años
AtaniEl dirigió al pueblo durante 8 años, hasta la guerra con los Aramitas, ejerciendo únicamente de director espiritual; luego, durante 32 años, lideró al pueblo en la guerra y fue su Juez Supremo
40 años
Ehúd Ben-Guerá estuvo a la cabeza del Pueblo de Israel durante 18 años como líder natural y referente colectivo; más tarde, por 62 años más fue su director militar y su Juez
80 años
Shamgár Ben-Anát encabezó a Bnei-Israel
½ año
Déborah estuvo al frente de su pueblo durante 20 años, en su carácter de profeta, y de sabia a la que todos recurrían. Por otros 20 años, junto a su esposo Barák, comandó a Israel en la guerra e hizo de Juez Supremo para el pueblo todo
40 años
Durante 6 años careció el pueblo de toda conducción
6 años
Guideón fue Juez y comandante del Pueblo de Israel
40 años
Abimélej ocupó la comandancia de Israel, habiéndose coronado rey
3 años
Tolá ben-Puáh estuvo al frente del pueblo
23 años
Iaír el Guiladí estuvo a la cabeza de Israel
22 años
El Pueblo de Israel vivió sometido a los Amonitas
18 años
TOTAL:
300 años

30. Tola y Iaír

Tola y Iaír
Abimélej murió unos trescientos años después de que Bnei-Israel comenzaran la conquista de su tierra. Y siguieron a él otros dos Jueces, los últimos en esta etapa de la historia de nuestro pueblo: Tola ben-Puáh y Iaír el Guiladí (de la región de Guil'ád).
En tiempos de estos Jueces, Bnei-Israel no se comportaron de modo tan contrario a lo esperado de ellos por Hashém. Mas tampoco se esmeraron en su consagración ni se dedicaron especialmente a practicar el bien, y no se consustanciaron en el estudio de la Toráh como ésta misma exige, puesto que sin estudio y meditación no puede crecer el hebreo en el camino de D's.
El Pueblo de Israel era ahora mucho más numeroso que cuando llegara a su tierra.  Pero no estaban a la altura espiritual requerida para ser un pueblo sagrado de Hashém poblando la tierra que todo lo provee. La época de Guideón, Abimélej, Tolá y Iaír duró en total ochenta y ocho años (30 + 3 + 23 + 22), y a todo su largo, no llegó a revelarse en Israel un hombre capaz de ejercer el reinado. La desazón y la duda comenzaban a ganar el espíritu de la gente, que sentía que D's les había abandonado. En la Toráh se les había prometido que serían un gran pueblo, de importancia trascendente para el destino del mundo, y por ahora, apenas si eran un pueblo de camino y destino inciertos, rodeados de enemigos dispuestos a atacarlos a cada instante.
A la muerte de Iaír, el pecado se expandía en el seno del Pueblo de Israel, y cada vez más personas abandonaban en los hechos el camino de la Toráh, de la que poco sabían merced a su falta de estudio. La situación se degradó progresivamente, hasta hacerse más grave que nunca en los trescientos años que llevaban en la tierra. Se recibe lo que se convoca, y no había modo de que la transgresión del Orden que los aferraba a lo sagrado pudiera traerles paz. De modo que Hashém reveló y demostró su enojo otra vez, enviando ahora contra ellos enemigos más feroces que nunca antes. Los Aramitas, Moabitas, Cnaanitas y Midianitas, que les habían atacado antes, no se atrevieron a intentarlo nuevamente, atemorizados por su recuerdo de las magníficas derrotas pasadas, cuando Hashém saliera a cada batalla a la cabeza de su pueblo. No obstante, restaban otros deseosos de intentarlo: los Amonitas, que residían entre Moáb y el territorio de las tribus de Reubén, Gad y la mitad de Menashéh (que ocupaban tierras en la margen oriental del río Iardén), tomaron la iniciativa, y durante dieciocho años llenaron de penuria, de angustia y de dolor las vidas del Pueblo de Israel. Más tarde, se unieron a ellos también los Filisteos, que provenían de Occidente.
Una vez más se dispusieron Bnei-Israel a repetir el ciclo que ya conocían: volverían del mal sobre sus pasos, abrazarían la Toráh con la mente y con sus vidas, y pidiendo de Hashém la salvación, la salvación llegaría. Comenzaron a corregir sus caminos, a cuidar los preceptos de la Toráh, y gritaron a Hashém por ayuda. Mas esta vez rehusó el Creador auxiliarles: no se salvaría por vía de milagros un pueblo incapaz de seguir por sí mismo el camino del bien, que deserta del mismo inmediatamente cada vez que carece de una mano fuerte que lo guíe. Trescientos años se había reeditado el mismo ciclo una y otra vez, y ya no sería aceptable reeditarlo más.

29. Abimélej


Abimélej
Bastó que se despidiera Guideón de esta vida para que sus temores respecto de sus hijos se demostraran en la realidad. Uno de ellos, Abimélej, consideró que le correspondía heredar a su padre en la dirección del Pueblo de Israel, y decidió coronarse rey de Israel. Mas sus hermanos se opusieron a su intento, y Abimélej, decidido a hacerse del poder, les asesinó. Secundado por los hombres de su pueblo, Shjém, se coronó a sí mismo.

A Hashém no le podía complacer semejante rey para su pueblo. Tras tres años de reinado, mientras intentaba sofocar una rebelión en su contra, una mujer le mató.

28. Guideón


Guideón
Otra vez, los años en que faltó una guía fuerte y centralizada, un Juez Supremo carismático y capaz de orientar al conjunto del pueblo, fueron funestos para la conducta de éste. Los hebreos volvieron a desviarse del camino de D's y siguieron los bajos ejemplos de sus vecinos, actuando contra la voluntad del Creador de que se volvieran por fin un pueblo sagrado, y vivieran a la luz de la Toráh. Envió entonces Hashém a los Midianitas, que cayeron sobre Israel con gran fuerza y se hicieron del control de la tierra. Y volvieron a clamar Bnei-Israel a D's por auxilio, y en la congoja se arrepintieron de sus malas acciones. 
Entonces, envió D's a un hombre de la tribu de Efraím llamado Guideón, y le ordenó ponerse a la cabeza del pueblo y enfrentar a los Midianitas. Guideón les venció en la guerra y el pueblo, deseoso de contención, quiso coronarlo rey. Mas él sabía que no estaba destinado a ello, y desconfió de la capacidad de su descendencia de ser reyes de Israel, y declinó. Y fue Juez Supremo sobre todo el Pueblo de Israel durante cuarenta años
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27. Devorah la profeta

Deborah la Profeta
Hashém se apresuró a castigar a Bnei-Israel, desde su designio de que se hicieran por fin pueblo sagrado. Por voluntad de Hashém se irguieron los Cnaanitas que permanecían en la Tierra de Israel, se hicieron de un soberbio poder bajo el mando de Iabín rey de Jatsór, y de Sisrá, comandante de su ejército, que se impusieron sobre Israel. El pueblo de Israel estaba distraído de su camino, descuidado del estudio, y su conciencia moral se había debilitado por causa de la desidia y el instinto. No obstante, fue claro el mensaje para el pueblo de Israel, que despertó otra vez de repente a su identidad y se apresuró a corregirse y enmendar su camino, bajo la influencia y el mando de Déborah la Profeta, y de los Jueces ubicados en todas las regiones del país. Hashém ordenó a Déborah ocupar el puesto de Jueza Suprema y enfrentar, junto a su esposo Barák, la guerra contra los Cnaanitas.
Juntos, comandaron a las fuerzas de Israel, con todas sus huestes arrepentidas de los años de alienación y abandono del camino de Hashém, y aniquilaron a los Cnaanitas que les oprimían con dureza.
Mas tampoco durante los días de Déborah vio nacer Israel al hombre apto para portar la corona de Rey y guiar con energía a su pueblo más allá de ese círculo vicioso de idolatría-sometimiento-arrepentimiento-redención en que tantas generaciones habían incurrido. A la muerte de Déborah, quedó otra vez el Pueblo de Israel sin cabeza visible, por cinco penosos años.

26. Shamgár ben Anát

Shamgár ben-Anát
Durante todos esos años, también Ehúd esperó la oportunidad de coronar un rey sobre Israel, mas no había aún nadie que pudiera, a jucio de Hashém, ocupar dicho puesto y cargar con tal responsabilidad. Cuando falleció Ehúd, sólo un sabio y valiente mas ya anciano de sus discípulos pudo tomar su lugar, y desmpeñarse como Juez sobre todos los otros Jueces. Este sabio se llamaba Shamgár Ben-Anát, mas era muy anciano y falleció en el mismo año en que había asumido su función.

Entre los hombres "grandes" del pueblo, se contaba en ese entonces una mujer, de cuya gran sabiduría todos  sabían y acudían a su arbitrio y su consejo. Esta gran mujer, de nombre Déborah, a través de su constante estudio y de su profunda devoción, mereció por fin el don de la profecía, convirtiéndose en profeta de Israel.
Mas entretanto, ya se había desviado una vez más el pueblo de Israel del camino que D's le indicara, y otra vez había acudido a las prácticas pecaminosas de sus vecinos, a lo largo y ancho de toda la tierra de Israel a ambas márgenes del Iardén.

25. Ehud ben-Guerá


Ehúd ben-Guerá
Los Moabitas eran un pueblo pequeño, descendientes de Lot, el sobrino de Abrahám; y vivían en el sur de la tierra. Cayeron sobre Israel y le dominaron. Y una vez más, Bnei-Israel comprendieron su error y su traición al Pacto sellado con Hashém, y una vez más se arrepintieron y retornaron al camino de la Toráh, y lloraron a Hashém suplicándole los salvara de este nuevo yugo.
Ehúd Ben-Guerá había sido discípulo sobresaliente de AtaniEl Ben-Knaz, y ya entonces había demostrado su capacidad de liderazgo. De modo que, tras el fallecimiento de aquél, fue Ehúd Ben-Guerá el enviado por Hashém para guiarles, no menos en la batalla contra el mal que habitaba en ellos, que en la guerra urgente para expulsar de sobre ellos al reino de Moáb. Ehúd Ben-Guerá ya se había erigido en líder del pueblo, y había tomado a su cargo el presentar ofrendas al rey de Moáb para que disminuyera su presión sobre Bnei-Israel. De modo que, en el momento indicado, salió al frente de Israel para expulsar a Moáb, y de su mano triunfaron en la guerra y se liberaron de la opresión.
Pasada ya la guerra, permaneció Ehúd Ben-Guerá al frente del pueblo y encabezando a los Jueces durante sesenta y dos años. Sumado a los doce años en que había liderado al pueblo de Israel previo a la guerra, su largo liderazgo duró ochenta años en total.

24. AtaniEl ben-Knaz


AtaniEl ben-Knaz
Bnei-Israel comprendieron muy pronto lo que había sucedido, y se apresuraron a enmendar sus acciones para merecer una vez más el favor de D's. Uno de los discípulos de Iehoshúa, AtaniEl Ben-Knaz, se destacó por su capacidad de liderazgo. Había sido, en vida de Iehoshúa, comandante de parte del Ejército hebreo, y era un hombre valiente y grande tanto en su conocimiento de Toráh como en su devoción. El asumió, entonces, la dirección del pueblo, y se transformó en el Juez sobre todos los Jueces de las ciudades, y en el guía del pueblo en su retorno a Hashém. Conocedor de la realidad del pueblo, rogó cada día a Hashém que le permitiera coronar un rey, y nunca resultó haber en el pueblo alguien capaz de cumplir con todas las condiciones en que un rey no debería faltar. Así fue que el pueblo comenzó a volver a la Toráh, a una vida sagrada y pura, durante todo el tiempo que fue gobernado por AtaniEl Ben-Knaz; mas aún no tenía raíces profundas este retorno en el seno del pueblo cuando le tocó a AtaniEl Ben-Knaz despedirse de esta vida, y quedó el pueblo acéfalo otra vez. 
Entonces se repitió lo previsible. La Toráh y las mitsvót no eran aún un hábito asentado entre Bnei-Israel, y todos sus vecinos tenían variedad de prácticas idolátricas, rituales estrafalarios y cultos pecaminosos, y una vez más, empezaron Bnei-Israel a desviarse de su camino solitario con rumbo a vidas como las de sus vecinos. Una vez más se sumaron a sus fiestas y aún a sus reverencias, otra vez descuidaron la Toráh y merecieron el castigo que los llamase al arrepentimiento.
 
La derrota que había infligido AtaniEl Ben-Knaz a los Aramitas había bastado para que éstos no tuvieran voluntad de arremeter contra Israel una segunda vez; y pasarían cientos de años antes de que lo intentaran nuevamente. Esta vez, fue el turno de los Moabitas.

23. Los Jueces locales

Los Jueces locales
Siguiendo el modelo de gobierno que instruye la Toráh, Iehoshúa nombró Jueces (shoftím) y Policías (shotrím) en todas las ciudades de Israel. A su fallecimiento, fueron éstos los únicos que quedaron a cargo de liderar al pueblo, y no había un líder supremo, una personalidad carismática que pudiera dirigir a Bnei-Israel con mano fuerte, como Iehoshúa y antes Moshéh habían hecho. 
En su afán por llevar una vida por fin normal, y de hacer producir a la tierra las riquezas que se les había dicho produciría, Bnei-Israel llevaban una vida de mucha labor. Gran parte del pueblo se había instalado en las ricas ciudades conquistadas a los Cnaanitas, donde todo estaba dispuesto para una vida de fasto y categoría. Ellos se dedicaban al comercio, intercambiando mercaderías con quienes cruzaban la tierra de Israel en camino hacia otros lugares, así como con los pueblos vecinos, aquéllos que no habían sido expulsados de la tierra.
Otros, habían optado por establecerse en pequeñas colonias rurales, dedicadas a cultivar la tierra y criar ganado, y trabajaban con tesón, juntándose con sus vecinos cnaanitas para aprender de ellos los oficios de la tierra. 
El estudio era un deber de muy difícil solución en aquellos tiempos. Faltaban muchos siglos para la aparición de textos explicativos de la Toráh: solamente se contaba con la Toráh "escrita", y aún ésta era muy difícil de copiar para ponerla al alcance de todos. De modo que el estudio era, mayormente, oral; y viviendo como vivían, el hábito de estudiar se debilitaba con frecuencia. Esto produciría, inevitablemente, que grandes porciones de la enseñanza se fueran perdiendo y olvidando con el correr de los años.
 
Al debilitamiento en el estudio, que es lo que sostenía la fuerza de la Toráh en la vida de Bnei-Israel, se sumó su trato cotidiano con los Cnaanitas: se relacionaban con ellos; hacían con ellos negocios, y aprendían de sus oficios. De tal modo, que comenzaron Bnei-Israel a aprender de los Cnaanitas también hábitos y actividades que repugnaban a D's, y a participar de las fiestas y las formas de culto que aquéllos dedicaban a sus ídolos.
 
Hashém, actuando desde un justo enojo, hizo que cayeran sobre Israel los Aramitas, que residían en el NorEste de la tierra. Bnei-Israel fueron atacados por sorpresa, dado que se sentían seguros del temor que inspiraban a los pueblos vecinos y no esperaban que ninguno de ellos los enfrentase. Pero ese temor era como una protección provista por Hashém a su pueblo, en tanto éste se comportara como la sacralidad y la pureza imponían. En el preciso momento en que Bnei-Israel incurría en el pecado y se dejaba llevar por las prácticas idolátricas de sus vecinos, la protección se suspendía. Y Bnei-Israel fueron, por consiguiente, fácilmente derrotados por los Aramitas, que se impusieron a ellos y los dominaron.

22. La época de los Jueces - los primeros 300 años - Israel no tiene Rey


 
La época de los Jueces
los primeros 300 años
Israel no tiene Rey
Eran tres las órdenes que Bnei-Israel debían obedecer tras la conquista de la tierra, para llegar a convertirse en el "Reino de Sacerdotes y Pueblo Sagrado", como se les había instruido en el Monte Sinai. Para comenzar, debían coronar un rey. En segundo término, debían luchar contra el pueblo de Amalék que residía en el SurEste de su tierra, y no sólo eran los peores enemigos de Israel sino, y sobre todo, los más radicales enemigos de la Toráh desde su negativa a rendir culto a Hashém, D's de Israel. En tercer término, por fin, ya cumplidos los requisitos previos, construirían el Beit-HaMikdásh, el Gran Templo en Jerusalem.
El primero y más difícil de los desafíos consistía en la elección de un rey. Este debía ser un hombre especialmente grande en Toráh y en sabiduría, honesto, devoto de Hashém, consagrado al bien y a la verdad. Un hombre capaz de liderar y dirigir al pueblo en un camino de integridad y pureza, y que de él aprendiesen sus hijos para sucederle. De ningún modo se lo podía elegir a partir de los criterios comunes de los hombres, sino que debía ser un profeta, inspirado directamente por Hashém, quien lo señalase y lo impusiese en su función. Iehoshúa, al igual que Moshéh antes que él, suplicó a Hashém que le permitiera avanzar este paso, que le indicase de entre el pueblo quién sería capaz de cumplir tan alta misión, y sin flaquear jamás, dirigir a Israel, salir a las guerras al frente del pueblo y retornar con él, y gobernarlo con sabiduría también en tiempos de paz. Pero Hashém no respondió a sus ruegos: no había aún en el pueblo de Israel un hombre a la altura de tal misión.

21. La interrupción de la guerra


La interrupción de la guerra
Se interrumpió la guerra entonces. No porque la tierra hubiera sido ya completamente conquistada, sino por la necesidad de Israel de llevar sus vidas a un régimen de normalidad. Ciento cincuenta años habían pasado: noventa de ellos, haciendo el pesado trabajo de confeccionar los ladrillos y edificar y tomar sobre sí los trabajos del campo a que los forzaban los egipcios; cuarenta años más en el desierto, y los siete últimos, en las guerras de la conquista.
Siete años más dedicó el Pueblo de Israel a distribuir la tierra, mediante un régimen de sorteo entre las tribus, tal como les instruyó Hashém. Cada tribu recibió un sector de la tierra en heredad. No obstante, no llegaban al número suficiente como para poblar el país entero, y dejaron por ello a numerosos pueblos viviendo en distintas zonas del país.
La interrupción de las guerras no contradecía la voluntad de Hashém. Bnei-Israel habían sido autorizados a dedicar un tiempo para ordenar su nueva vida y distribuir la tierra para su trabajo, de modo que no comenzaran a proliferar las fieras y la vida salvaje en su tierra. Pero Bnei-Israel estaban cansados de la guerra y no se mostraron dispuestos a renovar y completar la conquista una vez cumplidos los objetivos de su interrupción. Cuando por fin emprendieron nuevamente la campaña de conquista, faltó en ellos el fervor de los primeros tiempos, y no abocaron ya el mismo esfuerzo por librar la tierra de los pueblos idólatras que la contaminaban de pecado. Y finalmente, aún sin completar la tarea, se abocaron a los asuntos de su vida en la tierra y abandonaron la conquista por completo.
Anunció entonces Hashém a Bnei-Israel que la etapa en que la conquista había sido fácil y por vía milagrosa, y así se habría podido completar, había culminado. Que ya no podría Israel expulsar de su tierra a los pueblos vecinos a los que había permitido permanecer en ella. Israel ya se había adaptado a la convivencia con sus vecinos y recibía de ellos permanentemente influencias negativas; y el permiso de hacerse con la tierra completa había tenido por condición, desde su inicio, la santidad y la consagración de tierra y vida al culto de Hashém y el cumplimiento de la Toráh. Desde el momento en que Israel no se demostraba capaz de ponerse a la altura que Hashém le reclamaba, desde el momento en que Israel no era celoso de la sacralidad de su vida y de su tierra, habría de pasar una prueba más dura todavía: convivir con los otros pueblos en su propia tierra, y aún así, evitar su influencia, evitar la adopción de las costumbres y los vicios y las creencias con que esos pueblos lo querrían contaminar.
Y la advertencia era clara: si Bnei-Israel no cumplían en lo sucesivo con esta condición, serían duramente castigados; puesto que para la consagración y la vida regida por la Toráh les había sido entregada su tierra en heredad.

20. La conquista del norte


La conquista del Norte
La segunda guerra tuvo lugar en el Norte. Todos los pueblos de la zona, comandados por el rey de Jatsór, salieron a dar batalla en conjunto contra Israel. Sabían de la dura derrota que Bnei-Israel habían infligido a los pueblos del Centro del territorio, pero no había en ellos voluntad de tomar para sí las siete mitsvót que Hashém les había ordenado, y tampoco estaban dispuestos a abandonar el lugar en que habitaban. Hashém instruyó a Iehoshúa para que los enfrentase con coraje y con fe, y siguiendo las órdenes recibidas, todo el Norte del país quedó pronto en manos de Israel.

19. La conquista del centro del país


La conquista del centro del país
La primer guerra tuvo lugar en el centro del territorio, cerca de donde se encuentran Ierushalaim y Jebrón. Ese territorio estaba repartido en pequeñas fracciones gobernadas por quienes se llamaban a sí mismos reyes, que fueron cayendo todos a manos de Bnei-Israel en poco tiempo. En una última batalla en que Guiv'ón comandaba a las fuerzas de Israel, Hashém extendió el largo del día reteniendo la luz del sol en su sitio para que Bnei-Israel pudieran completar la batalla y dar por culminada la conquista de esta región.

18. La primera conquista


La primera conquista
La primera ciudad que aparecía en el camino de Bnei-Israel, Ierijó (Jericó), cayó a través de un milagro imponente: por orden de Hashém, tocaron Bnei-Israel toques de shofár, y las murallas se abatieron ante ellos. Eso les generó la certeza de que toda la conquista sería rápida y fácil de lograr. Pero tuvo lugar el pecado en el seno del pueblo, y fallaron en su intento de conquistar la segunda ciudad que apareció ante ellos, conocida por el nombre de Ai. Los pueblos de la tierra, que ya habían concluido que no había modo de hacer frente a Israel, reconsideraron la cuestión de pronto, y optaron por fortificarse en sus ciudades y negarse a obedecer a las mitsvót de D's y también a abandonar sus lugares. Y aún cuando Israel conquistó luego la ciudad de Ai, el cambio de actitud del resto de los pueblos vecinos ya se había consolidado, y esperaban a Israel dos guerras difíciles que librar antes de seguir adelante.

17. La conquista de la tierra de Cna'an


La conquista de la Tierra de Cná'an
La tierra que se encuentra junto a las orillas del Mar Mediterráneo, desde el norte junto a las montañas del Líbano, hasta el sur rozando el Mar Rojo, es apta y está preparada para una vida sagrada y pura. Con ese fin fue creada por D's. Pero por muchos años, no hubo en el mundo personas adecuadas, cuya naturaleza y su conducta fueran aptas para aprovechar la especial sacralidad de la tierra. En esos tiempos, se asentaron en ella pueblos descendientes de Cná'an, cuyo estilo de vida contradecía el carácter sagrado de la tierra, que fue contaminada por sus malas acciones. 
Cuando Bnei-Israel salieron de Egipto, les ordenó Hashém llegar hasta su tierra y consagrarla a una vida de santidad y pureza, de acuerdo a la Toráh que les entregó. En cuanto hace a los pueblos que se habían establecido en la tierra de Cná'an, Hashém instruyó a Israel poner ante ellos tres posibilidades: podían, en primera instancia, someterse a la fe verdadera y adoptar en sus vidas las siete mitsvót que había dado Hashém a Nóaj, cuyo incumplimiento pone a los hombres casi en pie de igualdad con los animales; y tornarse así "guerím toshavím", extranjeros con derecho a convivir con Israel en su tierra. Si rehusaban hacerlo, aún podían abandonar la tierra de Cná'an y mudarse hacia otro de los muchos territorios que se hallaban disponibles y vacíos entonces. Mas si se negaban tanto al cumplimiento de las siete mitsvót como a irse de la tierra, deberían Bnei-Israel salir a la guerra contra ellos, hasta no dejar ni uno de ellos con vida en la tierra de Israel.
 
Todos los pueblos les temían. Uno de estos pueblos, el Guirgashí, abandonó la tierra y halló nueva residencia en una de las tantas tierras que se encontraban libres entonces, junto a tantos otros pueblos que se movían, nómades, de lugar en lugar y se cedían unos a otros sus tierras. Otro pueblo, el Guiv'oní, decidió acogerse a las condiciones del Pueblo de Israel. Incluso una mujer se unió por propia cuenta a Israel, y ocultó a los espías hebreos en su casa, y reconoció a Hashém como único D's en los cielos y sobre la tierra. La mayoría de los otros pueblos, no obstante, optaron por atrincherarse en sus ciudades amuralladas. No salieron a la guerra contra Israel, pero tampoco abrieron sus puertas ni permitieron a Israel ingresar por ellas. Entonces, comenzó la guerra por la conquista de la tierra.

16. La conquista de la tierra sagrada - del 2488 (1274 AC) hasta 2495 (1267 AC) - La guerra en la ribera oriental del Jordán


 
La conquista de la Tierra Sagrada
del 2488 (1274 A.E.C.) al 2495 (1267 A.E.C.)
La guerra en la ribera oriental del río Iardén
Cuando comenzaron Bnei-Israel a viajar rumbo a su Tierra, los pueblos que la habitaban salieron a impedirle el paso. La Tierra Sagrada se encuentra en la ribera occidental del río Iardén, que la recorre a casi todo su largo de norte a sur. Al este y al sur del río vivían numerosos pueblos. Al sur los Edomitas, los Amonitas y los Moabitas. Fue donde éstos habitaban la primera tierra que atravesaron Bnei-Israel en su camino. Hashém ordenó a Bnei-Israel evitar la guerra con estos pueblos, entre los que había mucho bien: entre los Edomitas, restaba algo de la Toráh que su ancestro Esáv recibiera de su padre Itsják; en los Amonitas y Moabitas, quedaba la Toráh aprendida de Lot, sobrino y discípulo de Abrahám. Todos ellos hablaban hebreo, y había entre ellos quienes en el futuro se convertirían a la verdadera fe y tomarían para sí también, por emblema y camino de vida, la Toráh que Hashém acababa de entregar a Bnei-Israel.
De modo que, para evitar la confrontación con ellos, se dirigieron Bnei-Israel rumbo al norte. 
Vivían allí dos pueblos poderosos gobernados por dos reyes, cuyos nombres eran Sijón y Óg. Estos pueblos eran malvados y pecadores. Aún así, Bnei-Israel prefirieron no trabar lucha con ellos, porque no sería por la fuerza que podrían enseñarles a rendir culto a Hashém y practicar el bien. Moshéh les envió mensajes de buenas palabras, mensajes de paz y de verdad; y les solicitó autorización para pasar, con todo Bnei-Israel, a través de sus tierras rumbo a la tierra que se hallaba del otro lado del río Iardén, la Tierra Sagrada en que ordenó D's a Bnei-Israel asentarse para erigir en ella un Reinado Sagrado devoto de Hashém, del que todos los pueblos pudieran aprender cómo practicar el bien y consagrarse al culto de la verdad.
Estos pueblos no aceptaron las palabras de Moshéh porque no estaba en su intención creer en Hashém, y no se mostraron dispuestos a permitir que Bnei-Israel erigieran una tierra sagrada. Ellos estimaron que podrían vencer y exterminar a Israel y salieron a su encuentro con un ejército enorme. Entonces ordenó Hashém a Moshéh salir a la guerra contra ellos. La guerra de Moshéh estuvo llena de maravillas, porque Hashém iba ante él, con él y a su retaguardia. Muy pronto conquistó Moshéh las tierras de Sijón y de Óg, y el camino hacia la tierra en la ribera occidental del río Iardén quedó despejado ante ellos.
Bnei-Israel se establecieron por un tiempo en las ciudades conquistadas, mas no estaba en los planes de Moshéh permitirles reposar mucho tiempo allí, porque todos ellos debían cruzar el Iardén y llegar a la tierra que les había sido destinada desde siempre. Sólo dos de las tribus, Reubén y Gad, a la que luego se unió la mitad de la tribu de Menashéh, solicitaron a Moshéh quedarse de ese lado del Iardén, comprometiéndose a estar junto al resto del Pueblo de Israel en todas las batallas que les esperaban en la ribera occidental. Argumentaron que sería una buena medida hacerlo así, de tal modo que el Pueblo de Israel contara con una tierra más extensa, al tiempo que no les parecía conveniente abandonar esas tierras fértiles, conquistadas por orden de Hashém, desiertas e improductivas.

Moshéh aceptó su propuesta, luego de que se comprometieran a tomar parte de la conquista de las tierras de la ribera occidental. Más tarde, la falta de esas dos tribus y media en la Tierra de Israel generó inconvenientes, porque no había suficiente gente para poblar toda la tierra que les era propia, y Bnei-Israel terminaron relacionándose en exceso con los cnaanitas, de quienes no aprendieron buenas lecciones.
 
Tras finalizar la guerra contra Sijón y Óg, completada su misión, impuso Moshéh a Iehoshúa como líder sucediéndole, y se despidió de este mundo tras haber contemplado, a la distancia, la soñada tierra de Cnáan que habría de convertirse en Israel.

15. El pueblo de Israel en el desierto


El pueblo de Israel en el desierto
Aún cuando Moshéh se encontraba al frente del pueblo y lo guiaba, y aún cuando contaba con otros grandes hombres que le secundaban y aún con su hermano Aharón, y aún cuando el propio D's no dejaba detalle de la realidad sin dar a su respecto instrucciones precisas a Israel, aún así, no faltaban obstáculos y pruebas a superar todo el tiempo. No fueron pocos los pecados y transgresiones de esa generación de Bnei-Israel que salió de la esclavitud de Egipto, y que estuvo luego frente al Monte Sinai.
Mas estaba en los planes de Hashém obrar por el bien de Israel y por el bien del mundo entero, y tal propósito exigía expandir y profundizar el entendimiento de esa generación para que enmendaran sus acciones y se hicieran buenos, hasta que el pueblo de Israel entero mereciera el nombre sagrado y fuera maravilla y ejemplo ante los ojos de los demás. Por esa razón y en aras de dicho fin, Hashém castigó de inmediato cada uno de sus pecados.
Esta fue la razón de que permanecieran nada menos que cuarenta años en el desierto, durante los cuales Hashém les brindó alimento proveniente de los Cielos de modo milagroso. Así como cae para nosotros el agua a modo de lluvia desde lo alto, así recibieron Bnei-Israel durante cuarenta años el Man cayendo para ellos cada día de los Cielos. El Man tenía por misión, además de alimentar el cuerpo, afianzar la fe en el alma. Por consiguiente, estaba prohibido conservar de él de un día para el siguiente, de modo tal que no había más certeza de alimentos para cada día que la fe en que el Man sería provisto por Hashém, puntual y fresco, sin interrupción. Sólo un día por semana, los viernes, para completar la maravilla, descendía a los campos una porción doble de Man, destinado al mismo día y al siguiente, Shabát, en que la recolección estaba prohibida.
También el agua para beber les proveyó Hashém durante todos esos años de modo milagroso, y la sombra que los protegiera del calor del desierto, envolviéndoles desde las nubes espesas que les acompañaban durante el trayecto.
Al cabo de cuarenta años, el pueblo de Israel era ya sabio y tsadík en alto grado. Eran vigorosos y valientes, y estaban entrenados en las artes de la guerra. Podían ya enfrentar a los ejércitos que les aguardaban en su Tierra, conquistar su lugar y erigir en él un Reino Sagrado.
Fechas importantes:
Entrega de la Toráh: Jeshván de 2448 (1392 A.E.C.)
Fin de los 40 Años en el Desierto: Jeshván de 2488 (1272 A.E.C.)

14. La Torah que entregó Hashém al pueblo de Israel


La Toráh que entregó Hashém al pueblo de Israel
La Toráh se compone de cinco libros; todos ellos dictados por D's a Moshéh que los trasladó al pergamino. En una primera etapa, escribió todo el libro de Bereshít (Génesis) hasta la sección conocida como "Mishpatím". Subió luego nuevamente a aprender de Hashém la Toráh completa. Y no escribió lo que aprendió durante esos cuarenta días con sus noches que pasó junto a Hashém, hasta que recibió la orden expresa de hacerlo, ya en Ohel Mo'éd (la Tienda del Testimonio), habiendo acampado el pueblo en Arvót Moáb.
La explicación de la Toráh la transmitió de modo oral, mientras la Toráh escrita se encontraba en exhibición ante los ojos de sus discípulos. Hay, no obstante, quienes interpretan que todas sus enseñanzas las brindó de modo completamente oral, y que recién al cabo de los cuarenta años de tránsito por el desierto, depositó en letras escritas sobre pergamino cuanto Hashém le había ordenado escribir. En la actualidad, todas estas explicaciones residen en los tomos del Talmud de Babilonia y el de Jerusalem, así como en las recopilaciones de Midrásh.
La mayor profundidad de las explicaciones fue brindada por Moshéh sólo a unos pocos; ésto es: a quienes estaban preparados y dispuestos a recibirla. Esta enseñanza se transmitió oralmente, de maestro a discípulo, por muchas generaciones, y hoy se encuentra en los numerosos libros de la "Cabaláh", no obstante lo cual, aún contando con ellos, se sigue transmitiendo de igual modo, recibiendo el conocimiento cada discípulo de su maestro , y perpetuándolo en enseñanza, cada uno, a su vez.