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La conquista de la Tierra Sagrada
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del 2488 (1274 A.E.C.) al 2495 (1267 A.E.C.)
La guerra en la ribera oriental del río Iardén
Cuando comenzaron Bnei-Israel a viajar rumbo a su Tierra, los pueblos que la habitaban salieron a impedirle el paso. La Tierra Sagrada se encuentra en la ribera occidental del río Iardén, que la recorre a casi todo su largo de norte a sur. Al este y al sur del río vivían numerosos pueblos. Al sur los Edomitas, los Amonitas y los Moabitas. Fue donde éstos habitaban la primera tierra que atravesaron Bnei-Israel en su camino. Hashém ordenó a Bnei-Israel evitar la guerra con estos pueblos, entre los que había mucho bien: entre los Edomitas, restaba algo de la Toráh que su ancestro Esáv recibiera de su padre Itsják; en los Amonitas y Moabitas, quedaba la Toráh aprendida de Lot, sobrino y discípulo de Abrahám. Todos ellos hablaban hebreo, y había entre ellos quienes en el futuro se convertirían a la verdadera fe y tomarían para sí también, por emblema y camino de vida, la Toráh que Hashém acababa de entregar a Bnei-Israel.
De modo que, para evitar la confrontación con ellos, se dirigieron Bnei-Israel rumbo al norte. Vivían allí dos pueblos poderosos gobernados por dos reyes, cuyos nombres eran Sijón y Óg. Estos pueblos eran malvados y pecadores. Aún así, Bnei-Israel prefirieron no trabar lucha con ellos, porque no sería por la fuerza que podrían enseñarles a rendir culto a Hashém y practicar el bien. Moshéh les envió mensajes de buenas palabras, mensajes de paz y de verdad; y les solicitó autorización para pasar, con todo Bnei-Israel, a través de sus tierras rumbo a la tierra que se hallaba del otro lado del río Iardén, la Tierra Sagrada en que ordenó D's a Bnei-Israel asentarse para erigir en ella un Reinado Sagrado devoto de Hashém, del que todos los pueblos pudieran aprender cómo practicar el bien y consagrarse al culto de la verdad.
Estos pueblos no aceptaron las palabras de Moshéh porque no estaba en su intención creer en Hashém, y no se mostraron dispuestos a permitir que Bnei-Israel erigieran una tierra sagrada. Ellos estimaron que podrían vencer y exterminar a Israel y salieron a su encuentro con un ejército enorme. Entonces ordenó Hashém a Moshéh salir a la guerra contra ellos. La guerra de Moshéh estuvo llena de maravillas, porque Hashém iba ante él, con él y a su retaguardia. Muy pronto conquistó Moshéh las tierras de Sijón y de Óg, y el camino hacia la tierra en la ribera occidental del río Iardén quedó despejado ante ellos.
Bnei-Israel se establecieron por un tiempo en las ciudades conquistadas, mas no estaba en los planes de Moshéh permitirles reposar mucho tiempo allí, porque todos ellos debían cruzar el Iardén y llegar a la tierra que les había sido destinada desde siempre. Sólo dos de las tribus, Reubén y Gad, a la que luego se unió la mitad de la tribu de Menashéh, solicitaron a Moshéh quedarse de ese lado del Iardén, comprometiéndose a estar junto al resto del Pueblo de Israel en todas las batallas que les esperaban en la ribera occidental. Argumentaron que sería una buena medida hacerlo así, de tal modo que el Pueblo de Israel contara con una tierra más extensa, al tiempo que no les parecía conveniente abandonar esas tierras fértiles, conquistadas por orden de Hashém, desiertas e improductivas.
Moshéh aceptó su propuesta, luego de que se comprometieran a tomar parte de la conquista de las tierras de la ribera occidental. Más tarde, la falta de esas dos tribus y media en la Tierra de Israel generó inconvenientes, porque no había suficiente gente para poblar toda la tierra que les era propia, y Bnei-Israel terminaron relacionándose en exceso con los cnaanitas, de quienes no aprendieron buenas lecciones. Tras finalizar la guerra contra Sijón y Óg, completada su misión, impuso Moshéh a Iehoshúa como líder sucediéndole, y se despidió de este mundo tras haber contemplado, a la distancia, la soñada tierra de Cnáan que habría de convertirse en Israel. |
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