Ciento treinta años después de que descendieran a Egipto los hijos de Israel, nació Moshéh Rabeinu, Moshéh nuestro maestro, nuestro Rab. Sobre la grandeza de Moshéh y la magnitud de su virtud, dirá después Hashém en la Toráh: "Mi siervo Moshéh, en toda mi morada, es fiel", así como "Y el hombre Moshéh es muy humilde y más que cualquier otro hombre sobre la faz de la Tierra". Obtuvo esa grandeza merced a su especial cercanía con Hashém, y a las enseñanzas que recibía de El. Pero estaba en él, desde un principio y de su propia naturaleza, una profunda sabiduría; y ya cuando nació se llenó de intensa luz la casa de sus padres, porque acababa de llegar al hogar ese alma sagrada con vocación de bien y devota de Hashém. Moshéh nació en días muy difíciles para el Pueblo de Israel: justamente cuando Faraón acababa de decretar que todo hijo varón que naciera en las familias de Israel, debía ser arrojado al río Nilo. Su madre, Iojébed, sufrió muchísimo mientras hacía un gran esfuerzo por ocultarlo y salvarlo. Finalmente, lo depositó entre los juncos y cañaverales a la orilla del Nilo, con la esperanza que no allí no se oyera su voz y, por consiguiente, no fuera encontrado. Pero rápidamente lo halló, no la siniestra policía de Faraón, sino una hija de Faraón, de espíritu bondadoso, que llena de piedad lo rescató para salvarlo. Cuenta el Midrásh que Batia, tal su nombre, padecía de lepra cuando halló a Moshéh, y que merced a su acción piadosa, le envió Hashém instantáneamente la curación milagrosa. Y desde ese momento, creció Moshéh como un niño egipcio privilegiado, en el palacio de Faraón. Pero Moshéh albergaba la conciencia de su identidad hebrea, sabía de su pertenencia al Pueblo de Israel, y sufría por la esclavitud y la miseria a que estaban sometidos sus hermanos. En secreto, aprendía con su padre y con los ancianos de su pueblo, e intentaba por todos los medios beneficiar a Israel. Incluso influenció en Faraón de modo tal de lograr que los hebreos tuvieran el Shabát por día de descanso de su sometimiento, y acudía a las casas de ellos a consolarles e insuflarles ánimo y esperanza. Pero hubo un tropiezo, un punto de inflexión en el rol que desempeñaba Moshéh en Egipto. Quiso un día evitar que un guardia egipcio se ensañara sobre uno de los esclavos hebreos. Y sólo pudo salvarlo del tormento, dando muerte al egipcio. Ni bien hubo cometido ese acto de justicia, y enterado que fue rápidamente el Faraón, ordenó éste capturar a Moshéh para ejecutarlo en castigo por su acción. Moshéh se vio obligado a huir prestamente y salir de Egipto en dirección a otras tierras en las que verse a salvo; y llegó así a Midián, donde tomó a Tsiporah, hija del sacerdote midianita Itró, por esposa; y permaneció con ella allí, en casa de su suegro, por muchos años. Al cabo de este tiempo regresó Moshéh a Egipto, finalmente. Hay quienes dicen que, en medio, fue rey en la tierra de Cush. Retornó a sus hermanos tal como Hashém le ordenó hacer, y realizó, siguiendo la guía de Hashém, maravillas y milagros a ojos de todo Egipto, en la tierra y en el mar. Una vez liberado el Pueblo de Israel de la esclavitud y muertos Faraón y su ejército, Moshéh fue designado por Hashém para conducir al Pueblo de Israel durante cuarenta años de tránsito por el desierto, y para hacerles entrega de la Toráh y enseñarles a cumplir con sus mitsvót. No estableció Moshéh por iniciativa propia ni una sóla Ley, ninguna regla, ninguna norma. Todo lo que transmitió al Pueblo de Israel lo hizo en obediencia a las órdenes claras que recibió directamente de Hashém. Aún así, es llamada la Toráh con el nombre de Torát Moshéh, "la Toráh de Moshéh", porque deseó Hashém ensalzar y dar honor de este modo a Moshéh: su siervo leal y fiel maestro de su grey.
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