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El Pueblo de Israel en Mitsráim
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Lo bueno y lo malo en la tierra de Mitsráim
Ia'acóv y sus hijos llegaron a Egipto ("Mitsráim", en hebreo, que significa "opresiones") en un momento en que la tierra de Cnáan luchaba contra la hambruna. Durante casi ciento diez años, estuvieron cómodos y fueron prósperos en Egipto. El egipcio era un pueblo sabio y rico, pero eran idólatras y cometían todo tipo de malas acciones. Los descendientes de Israel, que aún no habían recibido la Toráh, aprendían de ellos porque vivían juntos, y los hijos de ellos se educaban en las escuelas de los egipcios; escuelas en cuya institución los egipcios fueron pioneros del Mundo Antiguo.
Entonces Hashém produjo un vuelco en el sentir de los egipcios, que comenzaron a temer que los hijos de Israel terminaran por sobreponerse a ellos y apoderarse de su territorio: el pueblo de Israel era cada vez más numeroso, y a medida que se reproducía, se expandía territorialmente también. Y sumada a la sabiduría heredada de su familia, conocían también todo lo que los egipcios sabían, lo que a ojos de éstos los convertía en aún más peligrosos. De modo que decidieron los egipcios que era tiempo de desestimular por el crecimiento de los hebreos, y para lograrlo, les sometieron a una esclavitud feroz y despiadada, que fue sólo el inicio de una serie de acciones llevadas a cabo con saña: tal sucedió, por ejemplo, cuando por un decreto de Faraón, los recién nacidos entre los hebreos eran arrojados al río; y cuando las parejas de Israel eran separadas de hecho, por vía de forzar a los hombres a pernoctar en el campo para extender más fácilmente su jornada laboral. Así estuvieron las cosas, desde que se acabó la época de bonanza, durante casi noventa años.
Los hebreos gritaron entonces suplicando a Hashém que los salvara, que los redimiera de esa horrible esclavitud, para poder rendirle culto como lo hicieran sus ancestros Abrahám, Itsják y Ia'acóv. Hashém atendió a sus ruegos y envió a Moshéh como emisario frente a Faraón, con la orden de terminar con el sometimiento, y librar a la voluntad de los hebreos su vocación de servir a Hashém y salir a rendirle culto. Faraón no se mostró dispuesto a liberar a sus esclavos, y en cambio, prefirió denigrar a los hebreos y a la fe de éstos en Hashém. La respuesta de Hashém fue progresiva y contundente, dándole oportunidad entre pena y pena de arrepentirse y desertar del camino del mal: diez terribles plagas abatió sobre Egipto y gran cantidad de castigos, para hacerles reconocer el Reinado de Hashém sobre toda la Creación; y para no dejarles más opción que liberar al pueblo de Israel de su yugo vil, y auspiciar la salida de Israel de Egipto, hacia donde Hashém les indicase realizar las acciones que requiriesen el culto y la devoción. Los egipcios mantuvieron tercamente su negativa por largo tiempo, y ni bien se desvanecía el pavor que sucedía a cada plaga y castigo, nuevamente se endurecían sus corazones, y martirizaban aún más a Israel. Hasta que finalmente cejaron, y empujaron a Israel hacia fuera de su tierra. Poco duró, aún así, su buena voluntad y su temor: se arrepintieron de haberlos liberado, y salieron entonces a dar captura a los hebreos. Los arrinconaron contra la costa del Mar Rojo, seguros de atraparlos y aniquilarlos. Pero ese fue el momento que escogió Hashém para revelar uno de los más imponentes milagros que produciría a lo largo de toda la existencia de Israel: separó en dos las aguas del Mar Rojo de modo tal que dos murallas verticales de agua demarcaban un sendero completamente seco, por el que el pueblo de Israel pasó hacia la otra margen del Mar. Incrédulos aún de que se tratase de un milagro al servicio de Israel, se lanzaron tras ellos por el sendero de tierra seca que atravesaba el mar; mas ni bien estuvieron todos ellos entre las murallas de agua se desplomaron éstas sobre ellos, ahogando a Faraón y todo su ejército sin excepción. Quinientos años después del nacimiento de Abrahám y cuatrocientos años después de que naciera Itsják, estaba por fin el Pueblo de Israel atravesando el desierto, en camino de retorno a la tierra de Cná'an. Eran seiscientos mil los hombres, con quienes iban las mujeres, los niños y gran cantidad de conversos, provenientes tanto de Egipto como de otras naciones y pueblos que habían presenciado los milagros de Hashém, y habían reconocido que Hashém, el D's de Israel, es el único D's verdadero, y habían decidido entonces rendirle culto junto con Israel. |
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